[Si el auditorio pinta receptivo, considérese la posibilidad de insertar una digresión premeditada para narrar la muerte de Chamfort —modelo, en mi humilde parecer inigualable, de suicidio fallido—, pero téngase cuidado de evitar el tono profesoral, o adópteselo sólo en su vertiente más auto-paródica. La placa queda en una fachada de la rue Cabannis, a un par de cuadras de la Bibliothèque Nationale, que Chamfort dirigió durante los meses más turbulentos del Terror revolucionario. Una nueva denuncia ante el Comité de Salvación Pública amenaza con devolverlo a la prisión de la que hace poco ha sido liberado. Consta en los partes policiales que encerrado en su despacho el ciudadano Sébastien Roch Nicolas de Chamfort se dispara un tiro en la sien. El proyectil no lo mata, sólo le atraviesa el ojo derecho, le astilla el tabique nasal, le fractura la mandíbula. Se hace de un cortaplumas e intenta degollarse. La hoja ensangrentada resbala sin seccionar la aorta. Chamfort se asesta una desesperada veintena de tajos en el pecho —buscando el corazón—, en los muslos, y, antes de desfallecer, se abre ambas muñecas. Un charco de un bermellón profundo se esparce por la duela y crece lentamente hasta asomar por debajo de la puerta. El valet, histérico, trata de abrirla con una ganzúa, de forzarla a empellones. Tanta alharaca hace que Chamfort vuelva en sí. Se levanta del charco de sangre, trastabilla hasta la puerta, quita el pestillo, protesta ¡No lo dejan a uno morir en paz!, y se desploma.

Contra cualquier apuesta, no fueron esas sus últimas palabras. Sobrevivió tuerto, afónico, una bala de plomo extraviada dentro del cráneo, durante cinco meses. Dejó al morir una maleta llena de papelitos sueltos con frases de una lucidez ácida y desencantada. Verdades aceradas, parciales, que le ganarían la gloria literaria y una reputación de moralista misántropo en lo general -y de misógino ya en lo particular.

(Para que el relato gane en autoridad, proponga a alguna invitada de buen ver llevarla a visitar la placa conmemorativa del drama. Queda, justo encima de un restaurante japonés -los tempura espléndidos y nada caros- lugar por demás apropiado para pasar la velada tratando poner en el buen camino -el que conduce entre las sábanas- a la muchacha en cuestión.)]